Interesante entrevista periodística

Interesante entrevista periodística
 
Me ha parecido muy interesante esta entrevista realizada a Catherine L’Ecuyer:

“Un niño sobreestimulado pierde el asombro, motor de su aprendizaje”

La investigadora y divulgadora de temas educativos sostiene que un niño estimulado en exceso, “se embota, anda en un estado entre el aburrimiento y la ansiedad, es más impulsivo, sufre inatención y puede pasar a depender de una fuente de estímulos externos”.

  “Hay que respetar el ritmo de los niños, las etapas de la infancia, la sed de silencio, de misterio, de belleza”, dice la entrevistada, residente en Barcelona, que en setiembre visitará Santa Fe.

Mariela Goy mgoy@ellitoral.com

 

Catherine L’Ecuyer es canadiense afincada en Barcelona y madre de 4 hijos. Ejerció como abogada pero se propuso investigar sobre educación y escribió el libro “Educar en el asombro”, que se convirtió en un bestseller con 14 ediciones. Desde entonces, se dedica a investigar y dictar conferencias, y ya publicó su segunda obra, “Educar en la realidad”, sobre el uso de las nuevas tecnologías en la infancia y la adolescencia.

En 2014, la revista suiza Frontiers in Human Neuroscience, presentó sus reflexiones como una “nueva hipótesis” o “teoría de aprendizaje”. Catherine L’Ecuyer vendrá a la ciudad de Santa Fe para hablar sobre sus dos libros en el VII Congreso Internacional de Educación, que se realizará del 3 al 5 de septiembre en la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe, en paralelo con las I Jornadas Internacionales de Comunicación.

—¿Cómo define la educación en el asombro, que es su tema de investigación? ¿Qué beneficios tiene en el aprendizaje y cómo puede un docente generarlo en sus clases?

—El asombro es el deseo de conocer, es no dar el mundo por supuesto. Los niños se asombran al descubrir el mundo que los rodea, lo que ven. Como decía Chesterton, en cada una de esas deliciosas cabezas, se estrena el mundo como en el séptimo día de la Creación. Eso es lo que suscita en ellos tantos porqués. Lo que asombra es la belleza de la realidad. El asombro es el motor del aprendizaje. Por lo tanto, es clave. Tomas de Aquino decía que hay dos formas de aprender: uno, mediante la invención y el descubrimiento; dos, con disciplina y aprendizaje. Y añadía que la invención y el descubrimiento son las formas más elevadas de aprender. El asombro no se genera, se respeta. Los niños nacen con ello, tan sólo es cuestión de no ahogarlo. Para ello, hay que respetar el ritmo de los niños, las etapas de la infancia, la sed de silencio, de misterio, de belleza.

—Usted dice que hay una “mala interpretación” de la literatura sobre la neurociencia y menciona que a partir de allí se han generado “neuromitos” ¿Cuáles serían esas falsas creencias en el ámbito de la educación?

—Hay varios, pero diría que el más importante es el que estipula “más y antes, mejor”. En realidad, la neurociencia nos dice que no es así. Dan Siegel, neurobiólogo y psiquiatra, dice que no hay necesidad de bombardear a los niños con una estimulación sensorial excesiva con la esperanza de construir mejores cerebros. De hecho, varios estudios asocian el exceso de estímulos con problemas de aprendizaje. Mi hipótesis es que si un niño está rodeado de estímulos que no se ajustan a sus ritmos y a su orden interior, entonces pierde ese asombro y pasa de aprender “desde dentro hacia fuera”, a esperar que lo entretengan “desde fuera hacia dentro”.

—¿Qué sería estimular excesivamente a un niño y cuáles sus efectos negativos?

—El niño necesita un entorno normal con una cantidad mínima de estímulos. Cuando el niño está sobreestimulado (o bien por el exceso de consumismo, el multitarea, imágenes rápidas en la pantalla o sonidos estridentes), se embota, anda en un estado entre el aburrimiento y la ansiedad, es más impulsivo, sufre inatención y puede pasar a depender de esa fuente de estímulos externos.

La tecnología no es “neutra”

—¿Cuál sería un uso correcto de las nuevas tecnologías por parte de los niños y adolescentes?

—Es una pregunta que requiere varios matices por edad y en función del dispositivo y del contexto (casa o escuela). Y en definitiva, es decisión de los padres. En cualquier caso, es bueno saber que la Academia Americana de Pediatría recomienda a los padres que no dejen que sus hijos de 0 a 2 años vean la pantalla. En la etapa infantil, los niños aprenden a través de las relaciones interpersonales, no de las pantallas. Después de los 2 años, la AAP recomienda no más de 2 horas al día, contenidos de calidad y bajo la supervisión de un adulto.

—En educación se habla mucho de la necesidad de introducir las TICs en el aula, de que los docentes sepan informática, que las clases se dicten con netbooks. ¿Se aprende más o mejor con la introducción de las tecnologías en la escuela?

—Me parece estupendo que los docentes sepan de informática, no tengo nada en contra de las nuevas tecnologías, yo misma la uso. Pero en la infancia, la tecnología no es una mera “herramienta” neutra como oímos muchas veces, porque tiene repercusiones en el aprendizaje. En una mente inmadura, quien lleva las riendas ante la pantalla, no es el niño, sino el dispositivo y sus aplicaciones con sus algoritmos. Por eso, los estudios dicen que las pantallas motivan a los niños en el colegio. Pero no es una motivación interna, es externa. Es una motivación efímera que hace depender al niño del dispositivo. En cualquier caso, Larry Cuban, profesor emérito de la Universidad de Stanford, dice que el uso de las pantallas no se asocia con una mejora en el rendimiento académico o en las oportunidades profesionales.

—Entonces, ¿la tecnología no es parte de la revolución educativa que muchos reclaman?

—Les diría que la educación no es verdadera por ser revolucionaria, sino que es revolucionaria por ser verdadera. Hemos de reconectar con la realidad de nuestra naturaleza, volver a lo esencial, a la sofisticación de la sencillez, volver a sintonizar con lo que es bello, verdadero y bueno para nuestros hijos, nuestros alumnos.

Los maestros quieren “conectar” con los niños

—Usted habla de la importancia del juego, de generar oportunidades de silencio, de contemplación en los niños. Parece difícil de lograr todo eso en una sociedad donde la “productividad” se plantea como uno de los objetivos máximos, donde los chicos siempre necesitan estar “haciendo algo”, incluso cuando no están en la escuela.

—“¿Para que te sirve, Sócrates, aprender a tocar la lira si te vas a morir?”. Y Sócrates responde: “Para tocar la lira antes de morir”. Los criterios de productividad y de utilidad son tramposos, especialmente en la educación. Educar es buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza, esas perfecciones no responden a meros criterios de utilidad, sino que nos hacen más personas, más libres. En cambio, dejarse llevar únicamente por el criterio de utilidad nos lleva a despreciar los saberes y las artes (como por ejemplo el teatro y la música) y enfocar la educación como una acumulación de “competencias” técnicas a través de una serie de métodos, porque consideramos que ésas son útiles para el mundo laboral. Los maestros quieren conectar con los niños, no quieren ser esclavos de decenas de métodos que son un obstáculo para la creación del vínculo de apego con sus alumnos, tan necesario para una verdadera atención personalizada.

El apego (*)

—¿Qué sugerencias tiene para aquel papá que no sabe cómo marcar límites al “quiero” del chico y al reproche de “los otros niños lo tienen o lo hacen ¿por qué yo no?”

— La primera cosa que podemos hacer es realizar estadísticas con nuestros hijos, preguntándoles: “¿Cuántas personas lo tienen en tu clase? ¿6 o 7? Eso es mucho menos de la mitad” En cualquier caso, “es que todo el mundo lo tiene y lo hace” no puede ser nunca un argumento educativo. Si nosotros queremos comprar algo a un niño, que sea porque lo hemos pensado, hablado y decidido, no porque los demás niños lo tienen. Nuestros hijos han de ser fuertes, tener personalidades propias. Así podrán pasar por la adolescencia con normalidad. Hemos de explicarles lo que es de sentido común: lo que está mal está mal, aunque lo haga todo el mundo y lo que está bien está bien, aunque no lo haga nadie. Y a veces tampoco es cuestión de “bueno” o de “malo”, es cuestión de buscar la excelencia y de que encuentren su propio camino y tengan su propio sentido de identidad, no el del amigo o del grupo.

—¿A qué se refiere a esa figura de “apego” de la que tanto habla? ¿Cuál es el rol del docente en relación a ese concepto?

—Los niños triangulan entre la realidad y su figura de apego. ¿Qué dice un niño cuando ve un caracol en el parque? “¡Mira mamá!” Y si está en el patio del colegio, lo enseñará a su maestra. Rachel Carson decía que los niños se asombran en compañía de una persona que sabe asombrarse con ellos. En ese sentido, el vínculo de apego permite al educador acompañar al niño en su descubrimiento de la realidad. El cuidador se convierte en una “base de exploración” para el niño y también ayuda a calibrar la realidad, dando sentido a los aprendizajes. Por ese motivo, el trabajo del educador es un trabajo sagrado. Los griegos decían que la belleza es la expresión visible de la verdad y de la bondad. El trabajo del maestro es precisamente el de ayudar al niño a encontrar la belleza que se encuentra naturalmente en la verdad y en la bondad, el de hacer visible la verdad y la bondad a través de la belleza de su vida y del entorno que prepara para el niño. Ser maestro es dejar una huella en el alma de los niños, huella que es retrato del futuro, porque como decía Kundera: “Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro”.

—¿Por qué repite que los padres no son “animadores de ludoteca” de sus hijos?

—Porque es un rol que hemos asumido sin darnos cuenta, al aceptar el neuromito “más y antes, mejor” del que hablé antes. Los niños no necesitan padres que los entretengan con libros que hablan, dibujos que se han de pintar sin salirse de la raya, videos supuestamente educativos que bombardean a los niños con datos que no pueden asimilar, cumpleaños con payasos, magos y juegos dirigidos. No es necesario que hagamos piruetas para que la infancia de nuestros hijos sea mágica, porque ya lo es de por sí. Como decía Chesterton, un niño de 7 años se emociona porque al abrir la puerta Perico se encuentra con un dragón, pero para un niño de 3 años, ya es suficiente emocionante con que Perico abre la puerta. ¿Qué tal darles una hoja en blanco con lápices, dejarlos encontrar las formas que hacen las nubes, o dejarlos subirse a un árbol? Los estudios relacionan el juego desestructurado con una mejora de las funciones ejecutivas (memoria de trabajo, planificación, etc.), las cuales tienen un papel clave en el rendimiento escolar. Por el contrario, si lo hacemos todo para el niño, o si lo colocamos delante de una pantalla para entretenerlo, se convierte en un ente pasivo y depende de ello para motivarse.

—Usted señala que la “mera repetición” genera un mal aprendizaje. Pero acaso ¿no hay mucho de rutina y repetición en la escuela?

La rutina es necesaria porque da seguridad y favorece el orden interior de los niños. Según Montessori, el secreto de la perfección para un niño se encuentra en la repetición. Pero no cualquier repetición lleva a la perfección. De hecho la mera repetición sin sentido puede alienar al niño, llevarlo a actuar de forma mecánica y a no interiorizar lo que está haciendo. En ese caso, se actúa por coacción o inercia, podemos hablar de adiestramiento, pero no de aprendizaje verdadero. Por eso yo hablo de virtud, no de hábitos. Y hablo de ritual en vez de rutina. Para convertir la rutina en ritual y el hábito en virtud, es clave que el niño esté acompañado de un adulto que lo ayude a dar sentido a sus aprendizajes, que lo ayude a ver el horizonte de sus acciones, el “por qué” y el “para qué” actúa y aprende. Es algo natural, los niños naturalmente tienden a buscar esa figura para intermediar entre la realidad y ellos mismos, para calibrar la realidad.

 

Aquí os dejo un enlace al blog de Catherine L’Ecuyer http://apegoasombro.blogspot.com.es/

 

Consejos para que lean más

Consejos para que lean más

Hagamos de los niños y niñas lectores empedernidos.

Hay que estimular a los niños a leer, no obligar a leer. No podemos convertir un placer en una obligación.
¿Cómo estimular el placer en la lectura?
Hace un tiempo salía publicado un artículo sobre la lectura en los niños. Traduzco algunos tips y agrego otros propios.
Podéis añadir vuestros trucos.
Ahí van unas cuantas ideas:

-Debería haber libros y otros materiales de lectura allá donde hubiera niños: da igual la sala o habitación.

-Léeles en voz alta, léeles con pasión y, sobre todo, lee cosas que les inspiren, que les motiven.

-Cuéntales qué te gusta leer a ti, qué estás leyendo, qué géneros te gustan y por qué.

-La tarde de las linternas: bajad persianas y que cada niño tenga una linterna y un libro. Viaje a la imaginación asegurado.

-Usa “tarjetas de personajes de voz” (si no las hallas, invéntalas); desde la voz de susurro a la de un cowboy, de la de un presentador de noticias a una anciana. Se divertirán y querrán más y más.

-Silla de leer: El niño/a coge el libro que quiere, se sienta en la silla de leer y lee en voz alta a toda la clase (o en casa).

-Permíteles que dibujen lo que oigan.

-No sólo libros lee el hombre. Conviene tener otros formatos: cómics, revistas (las de curiosidades llaman mucho), periódicos…

-Da la opción a los niños de elegir qué quieren leer. Incluso un adulto, lo sabéis bien, encontrará aburrido leer algo que no le gusta. Preguntemos qué les gusta. Ese es el primer paso que hay que dar.

-Pide recomendación a los niños. Dales el poder de recomendar un libro. Eso hará que se sientan partícipes y, además, ¡tú sabrás la opinión de los expertos!

-Una pequeña librería en clase puede hacer que los niños que no tienen acceso a la lectura tengan esa opción.

-Debemos crear lugares confortables y placenteros que inviten a leer en ellos ¿Que quieren estar tumbados? ¡Adelante! ¡Fuera mesas, fuera sillas!

-En niveles de seres diminutos, pon peluches de animales en el rincón de lectura. Si se acostumbran a leer junto a ellos se sentirán más cómodos. Y ya no digo nada si leen a su gato o perro en casa… Maravilloso. A los animales les encanta que les leamos y compartir sus gustos.
(a mi gata, Sekspir, le encantan los sonetos).

-Crea espacios y tiempos para que los mayores lean a los pequeños. Positivo para todos (sí, romped moldes de horarios).

-¡De premio, leer! Si terminan antes de tiempo, qué mejor premio que invitarles a coger el libro que quieran y se sienten o tumben donde quieran.
-Introduce nuevos libros a lo largo del año. Los niños y niñas estarán emocionados y desearán empezar a leerlos.

-¡De compras con ellos! Seáis padres o maestros, ¿qué tal ir a una librería y que decidan qué comprar? (la tarjeta de crédito siempre a una altura donde no lleguen).

-Muestra en la puerta lo que estáis leyendo (fotocopia de portada, por ejemplo). Eso servirá para enganchar a otros lectores y para recomendar distintos libros.

-Invítales a crear sus propias historias. Qué mejor que convertirse en escritor de libros y leer tu propia historia a los demás (o que tengan acceso a tu libro en la biblioteca de clase).

-Prepara una fiesta de la lectura cada cierto tiempo: permíteles que lleven almohadones, animales de peluche… lo que deseen, y dedica una hora a disfrutar viendo cómo disfrutan.

-Y nunca, nunca, nunca jamás uses la lectura como un castigo: la lectura es un privilegio, un placer, y nunca un castigo.

compartido y traducido por César Bona en facebook 16/12/2015

Publicado en edutopia (ver original aquí http://www.edutopia.org/discussion/37-ways-help-kids-learn-love-reading

 

 

Brillante iniciativa para detener el BULLYING

Brillante iniciativa para detener el BULLYING

Publicado en:
Educación Preescolar
22-10-2015

Así fue como terminé de pie frente a un pizarrón en un aula vacía de quinto grado, mientras la maestra de Chase, sentada detrás de mí y con voz afable, trataba de ayudarme a entender lo que llamó la “nueva forma de enseñar”. Por fortuna, no tenía yo que desaprender mucho porque nunca había entendido realmente la “vieja forma de enseñar ”. Tardé una hora en hacer una operación, pero me di cuenta de que de todos modos le había caído bien a la profesora.

Después, nos sentamos juntas algunos minutos y hablamos de la enseñanza de los niños, de por qué es un deber sagrado y una gran responsabilidad. Coincidimos en que materias como las matemáticas y la lectura no son las cosas más importantes que se aprenden en la escuela. Hablamos sobre cómo moldear pequeños corazones para convertirlos en contribuyentes de una comunidad, y discutimos nuestro anhelo mutuo de que las comunidades pudieran estar conformadas por individuos que ante todo fueran amables y valientes.

Entonces me contó esto:

Todos los viernes por la tarde les pide a sus alumnos que tomen una hoja de papel y escriban los nombres de cuatro niños con los que les gustaría sentarse la semana siguiente. Los chicos saben que ese deseo puede o no cumplirse. También les pide que nombren al compañero que, en su opinión, tuvo un comportamiento ejemplar en el salón esa semana. Los niños luego le entregan las hojas sin revelar nada a los demás.

Y cada viernes por la tarde, una vez que los niños ya se han ido a casa, la maestra toma esas hojas, las pega en el pizarrón y las analiza, en busca de patrones. ¿A qué niño nadie menciona como compañero de asiento deseable? ¿Cuál no nombra a ninguno con el que quiera sentarse? ¿A qué alumno nadie lo elige nunca? ¿Quién tenía mil amigos la semana pasada y ninguno esta semana?

La maestra no está buscando una nueva forma de distribuir a los alumnos en el salón de clases ni a los que muestran un “comportamiento ejemplar”. Lo que quiere es identificar a los niños solitarios, a los que tienen dificultades para vincularse con sus compañeros. De este modo descubre a los chicos que han caído en las grietas de la vida social del grupo, a aquellos cuyos dones pasan inadvertidos para sus condiscípulos y, ante todo, cuáles son víctimas de bullying y quiénes son los abusivos o acosadores.

Como madre y ferviente defensora de los niños que soy, creo que es la estrategia de combate más amorosa que he conocido. Es como tomar una radiografía de un aula para traspasar la superficie de las cosas y ver el corazón de los alumnos. Es como excavar una mina en busca de oro, y el oro son esos niños que requieren un poco de ayuda, que necesitan que los adultos intervengan y les enseñen cómo hacer amigos, cómo invitar a otros a jugar, cómo unirse a un grupo o cómo compartir sus dones. Y es una forma de detener el bullying, porque todo maestro sabe que el acoso suele ocurrir fuera de su mirada y que a menudo los niños que lo padecen se sienten demasiado intimidados para contarlo. Pero, como dijo la maestra de Chase, la verdad sale a relucir en esos trozos de papel confidenciales.

Cuando la maestra terminó de explicarme su idea sencilla e ingeniosa, muy admirada le pregunté:

—¿Y cuánto tiempo lleva usando ese método?

—Desde lo de Columbine —dijo—. Todos los viernes por la tarde desde lo de Columbine.

El 20 de abril de 1999, dos estudiantes del Bachillerato Columbine, en Littleton, Colorado, irrumpieron en la escuela con armas de fuego y mataron a 13 personas (12 alumnos y un profesor) e hirieron a más de 20.

Esta brillante mujer escuchó la noticia de la masacre sabiendo que toda la violencia empieza con la desvinculación, que todo el odio hacia el exterior comienza como soledad interior. Observó la tragedia sabiendo que los chicos a los que nadie hace caso a la larga pueden hacerse notar por cualquier medio y a cualquier costo.

Así que decidió iniciar una lucha contra la violencia en el mundo que tenía a su alcance: con sus alumnos de primaria. Lo que la maestra de Chase hace cuando se sienta en su salón vacío para analizar las listas de nombres escritas con mano temblorosa por niños de 11 años es salvar vidas. Estoy convencida de eso.

Y lo que esta matemática ha aprendido al usar su método es algo que en realidad ya sabía: que todo, incluso el amor, pertenecer a algo, tiene un patrón. Ella identifica patrones en su aula, y mediante esas listas descifra los códigos de desvinculación. Luego da a los niños solitarios la ayuda que necesitan. Para ella, la matemática, es cuestión de matemáticas.

Todo es amor, hasta las matemáticas. Es increíble. La maestra de Chase se va a jubilar este año. ¡Qué manera de pasar una vida!: buscando patrones de amor y soledad, interviniendo todos los días y alterando la trayectoria de nuestro mundo.

Artículo periodístico “Yo fui su alumno”.

Artículo periodístico  “Yo fui su alumno”.

En esta entrevista se observa la importáncia de crear un vínculo con el alumno y el saber expresar y comunicar no solo nuestros pensamientos sino también las emociones.

Pedagogía de la ternura, la que enseña a los niños a confiar en sí mismos

La educadora cubana Lidia Turner Martí opina que es un momento ideal para el movimiento pedagógico latinoamericano

Educación. Lidia Turner

Educación. Lidia Turner

Lidia Turner Martí es una pedagoga cubana con tantos títulos y trayectoria académica en su haber que demandaría varias líneas presentarla. Sin embargo, tiene una habilidad que la diferencia de inmediato de otros pensadores de la educación: logra decir de la manera más simple y emotiva las reflexiones más profundas. Habla así de escuchar a los niños y jóvenes, de dar lugar a la creatividad en las aulas y de algo más hermoso todavía: de la pedagogía de la ternura.
Doctora en ciencias pedagógicas, profesora de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona (Cuba) y autora de numerosos libros y publicaciones, Lidia Turner Martí pasó por Rosario en la semana en que la ciudad le rindió un homenaje al Che en el 85º aniversario de su nacimiento, con una serie de actividades organizadas por el Centro de Estudios Latinoamericanos Ernesto Che Guevara (Celche).
La entrevista se da luego de una larga jornada para esta educadora —que pisa los 80— de encuentros, presentaciones de libros y charlas con jóvenes y maestros. Nada le impide ser generosa con el tiempo y hablar de qué se trata eso de unir educación y ternura en un libro, del momento fantástico que vive Latinoamérica para que los educadores se encuentren en un gran movimiento, y de paso de compartir alguna anécdota de su oficio docente.
Además de un libro de su autoría, ¿a qué más llama “pedagogía de la ternura”?
—Hemos llamado así a la base de la pedagogía martiana. Es decir, desde hace años estamos investigando, analizando, todas las obras de José Martí (escritor y patriota cubano) para extraer de ahí su teoría. El escribió pero no publicó un libro sobre teoría pedagógica. Las ideas fundamentales de su pensamiento están en cómo trabajar con un ser humano al que estamos educando, para que pueda sacar lo mejor de sí en su proceso de formación. Esa es la síntesis. Estamos probando su obra en la práctica, con niños, en las clases, con maestros o en actividades entre escolares de América latina. La respuesta es la que nos dice si es correcta, si realmente es la que nos da su fruto.
¿Qué encontraron en común esas pruebas y ensayos sobre la pedagogía de la ternura?
—Lo común es que los niños, los adolescentes y jóvenes tienen tantas potencialidades que pueden desarrollar y que muchas veces pasan por la escuela y no las desarrollan. En este último libro que estamos editando sobre “Educación y ternura”, destinado a los docentes y padres, decimos que hay una obra importante que hacer y es la de trabajar bien con los niños todas sus posibilidades. Otra cosa que es común aquí es que los dejemos hacer. Es decir, que si piensan algo, que lo escriban; si quieren decir algo, que lo digan. Es la única manera de ayudar a su desarrollo pleno. Y algo muy importante que es acostumbrar a los niños a que confíen en sus posibilidades. Pensemos en esta clasificación, que a veces hacemos, de aventajados o no aventajados, del que sabe o no sabe. Por el contrario, esta pedagogía va dirigida a la confianza del ser humano en sí mismo, desde las primeras edades; eso le da una gran fortaleza para avanzar en la vida. Hemos tomado también el pensamiento de avanzada de Latinoamérica, donde tenemos tantos grandes pedagogos.
¿De alguna manera propone recuperar el pensamiento latinoamericano en materia de pedagogía?
—Claro, en una charla reciente mencioné a uno muy importante: Simón Rodríguez. Hay que conocerlo, pero también tenemos que unirles otros tantos como Gabriela Mistral o el mismo Maestro Iglesias. En Cuba, estamos investigando y analizando sus aportes a la educación, porque es con ellos con quienes se enriquece. Y ese es el movimiento que debemos desarrollar: tomar nuestra visión pedagógica progresista y enriquecerla con la actual.
Y de los maestros actuales, ¿qué rescata?
—El espíritu de innovación. Martí decía que en los maestros “crear” era la palabra de los jóvenes, igual que buscar cosas nuevas, nuevas formas y siempre innovar. Pero también eso lo dijo Simón Rodríguez con su “inventamos o erramos”. Es decir, esa idea debe darse con la creatividad, el niño y el maestro. Simón Rodríguez afirmaba que hay que enseñar a los niños a ser preguntones porque si no lo son se pueden convertir en estúpidos, en charlatanes que repiten lo que les dicen. Eso hoy tiene una vigencia tremenda. Creo que la pedagogía actual está en tomar al niño, al adolescente no como objeto, sino como un sujeto que actúa, que aprende y al que hay que escuchar. La demanda de la educación actual pasa porque aprendan por sí mismos, que no aprendan sólo porque les enseñan sino que puedan apropiarse de formas para aprender.
Latinoamérica está viviendo un momento muy interesante de cambios políticos, con Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Uruguay y la Argentina, entre otros países. ¿Cómo formar un movimiento pedagógico que los aproveche?
—Este momento es muy importante para la unidad de los educadores. Existe una organización que se creó en “Pedagogía 90” (congreso internacional) a solicitud de varios países y que es la Asociación de Educadores de Latinoamérica y el Caribe (Aelac), que ahora debe cobrar mucha más vida porque tenemos las condiciones para eso. Hay que dialogar, discutir, pasarnos experiencias de un país a otro. Esas son las primeras cosas que nos debemos los educadores. Es un momento ideal para ganar en intercambio.
¿Qué la unió a la educación?
—Cuando estudiaba yo no pensaba en ser maestra. Llegué a dar clases por una necesidad. En esa época si no trabajaba no podía estudiar (antes de la Revolución). Por ahí llegué a la docencia, trabajando en una escuela con niños de primero y segundo grados. Pero después que se ha trabajado con niños ya no los puedes dejar. Soy de las que piensa que la vocación no nace con la gente, sino que se hace con la práctica. Ya hace 40 años que enseño en la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana y no lo dejaría por nada. Uno siente el gusto de compartir, de influir sobre todo en los jóvenes.
Si tuviera que elegir una anécdota que la haya unido a la educación, ¿con cuál se quedaría?
—Tengo un montón. Pero si tuviera que elegir, diría que una de las grandes emociones de mi vida fue y es que cada vez que estoy en lugares diferentes, en la propia Cuba o en el extranjero, y que puedo tener alguna dificultad o problema que resolver, el que me ha salvado en ese momento es un antiguo alumno. Es verdad que llevo como 60 años dando clases, pero hay momentos que estoy en un lugar, que no sé que hacer y es ahí cuando alguien me dice: “Profesora, ¿le pasa algo?” o surge esa pregunta: “Profesora, ¿usted se acuerda de mí?”. También me ha ocurrido estar en un aeropuerto y que alguien se me acerque y me diga: “Yo fui su alumno”. Cuando eso ocurre, a un maestro le reafirma lo grande que es su labor. Volvería a ser docente, maestra si tuviera que escogerlo. Porque es con el vínculo con el ser humano y con la comunicación con lo que uno puede ayudar. Me parece que esa es la alegría que sienten los educadores.

Fuente: la Capital Edición impresa Por Marcela Isaías / La Capital (Rosario – latinoamérica)(Foto: H. Rio)

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